Me encuentro en un lugar desconocido. Todo es blanco y una fina capa de niebla cubre el entorno. Parece la misma NADA.

Entonces descubro a un hombre barbudo, sentado ante una mesa y que aporrea un viejo ordenador soviético. Con un gesto dice que me acomode en la silla de enfrente y yo, obediente, lo hago. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta ese lugar? ¿Quién es ese sujeto?

-Perdón, ¿estoy muerto?

El tipo me mira como si yo fuera un retrasado mental y luego sigue a lo suyo. Pues vale. Espero, no queda otro remedio, y al rato vuelvo a insistir:

-Disculpe, ¿por casualidad es usted Dios?

-Soy San Pedro. Y las preguntas las hago yo. A ver, ¿cómo te titulas?

¡Ve hacia la luz! ¡La luz es buena! ¡Ve hacia ella!

-¡Carajo, qué susto! ¿Ha oído eso?

-No te despistes y dime tu nombre.

-Eeeeeeh, pues Johnny. Johnny Lomax.

Mientras San Pedro teclea el PC, aprovecho para examinar el sitio. Nadie a la vista. ¿De dónde vendrá esa voz? Y el caso es que me suena conocida...

-Ajá, aquí está, Johnny Lomax, superhéroe terrícola. Bien, ahora hay que ver a qué Cielo te enviamos.

-Ah, ¿entonces estoy muerto?

-¿Tú qué crees?

-Ni flores, por eso lo pregunto. ¡¿Y cómo que a qué Cielo?! ¿Es que hay diversos Cielos?

¡Johnny, espabila y ve hacia la luz! ¡Fiu-fiuu-fiuuuu...!

-¡Coño, otra vez! ¡Y soplidos! ¡También se oyen soplidos! ¿Pero no lo oye?

-Olvídalo, ocurre en tu cabeza, a veces pasa. Veamos... humm, pues a ti te toca el Cielo de los Feos.

-Imposible. Debe ser una equivocación.

-No creo. ¿Ves?, aquí lo dice: Johnny Lomax Cielo de Feos.

-Sí, ya, ahí pondrá lo que quiera, pero ¿usted me ha visto bien? No es por nada, pero yo soy guapo de cojones.

-Sobre eso habría mucho que discutir. Guapo comparado con quién. ¿Con El Hombre Elefante o con Barbie Kent?

-¡Buah! ¿Sabe? Me parece que usted necesita gafas.

-Negativo. Tengo cataratas, pero veo perfectamente. Además, guapo o feo es lo de menos, lo importante es ser una buena persona. ¿Tú lo eres?

-Pues claro. Soy una excelente persona. ¡Pero es que encima me caigo de guapo, joder!

-Y dale. Johnny, desengáñate, tú eres feo.

Ay, Señor... Cual volcán a punto de explotar, mis tripas se zarandean y toda la sangre se me acumula en la sesera.

-Mire, San Pedro, empiezo a enfadarme y cuando yo me enfado las ostias vuelan.

-Cuida ese lenguaje, que hostias consagradas aquí sólo reparto yo. Tú vas al Cielo de los Feos y sanseacabó.

¡Johnny, regresa! ¡En la luz está la salida! ¡Fiu-fiuuu...!

¡Toma candela! ¡Aleluya, aleluya y aleluya! ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto aleluya? Pues viene a que harto de la situación me levanto y a mi espalda veo la luz. Es un tenue brillo, apenas visible entre la niebla, y como prefiero lo desconocido a seguir soportando los insultos del fundador de la Iglesia católica, emprendo camino hacia allí.

-Eh, ¿qué haces? ¡Vuelve aquí!

-Nanay. El resplandor me llama y a usted que le den.

¡Yepa! En cuanto cruzo la luz se abre un infinito túnel que me succiona como un agujero de gusano y, tras girar varias veces, al fin abro los ojos. Primero veo luces de neón, luego oigo música acid-house y, por último, descubro al Hombre Trihuevo con sus labios pegados a los míos.

-¡¿Se puede saber qué haces besándome?!

-No te beso, te hago la respiración boca a boca.

-¿Y eso por qué?

-Porque te desmayaste. ¿No lo recuerdas?

-No me acuerdo de nada. ¿Qué ha pasado?

Y me lo explican. Resulta que estamos en una discoteca donde sirven unos monstruosos cócteles de brontosaurio que o bien te crean una úlcera de estómago o bien hacen que caigas desmayado al primer sorbo. A mí me ocurrió lo segundo y nada más tocar el suelo comenzó la reanimación: Luis José hablando sin parar y el Trihuevo soplando en mi boca.

-Gracias, amigos, me habéis salvado la vida.

-No hay nada que agradecer.

-Sí, Trihuevo, hay mucho que agradecer. Ha sido horrible, al parecer había muerto y San Pedro, que está ciego total, quería enviarme al Cielo de los Feos. ¿Os lo podéis creer? ¡Con lo guapo que soy al Cielo de los Feos! ¡Un ultraje!

-Sí, sí, luego nos lo cuentas, ahora vamos a bailar.

-Ay, Luis José, es que ha sido una experiencia espantosa y no tengo yo el cuerpo para bailes...

-Que sí, hombre, ya verás como te animas.

Luis José tira de mí y ya en la pista -rodeados de gente super-cool que baila bajo el brutal sonido de 60.000 watios de música electrónica-, aprovecho para sacar las oportunas conclusiones: a) no vuelvo a beber; b) mañana voy a tener una resaca del copón; y c) los folletos de viaje mienten ya que las vacaciones agotan y en ningún caso sirven para descansar.

PD: dedicado a Oliveria.