Qué pasa. Son las 11:00 horas y estoy metido en la cama. ¿Por qué? Sencillo. Porque tengo mucha fiebre y porque en mi piel hay cerca de tres mil granos. Ahora, que nadie se lleve a engaño, en cuanto me recupere los monstruos tienen los días contados. Así que Chochiwoman, Zorro del Canapé, Osa de Faralá, Güisquiman y el resto de criaturas que pueblan el mundo televisivo preparaos porque vuestro final está cerca. Palabra de superhéroe.

Por tanto, mientras llega el momento de la venganza y sintiéndome con la moral elevada a pesar de los ligeros contratiempos, concentro fuerzas para enfrentarme a otro peligro, quizás el mayor peligro de todo hombre adulto: la visita de su santa madre.

-¡Quieres salir de la cama!

-Déjame, mamá, creo que tengo el sarampión.

-¡Cómo vas a tener el sarampión a los 42 años! Eso te lo ha pegado una furcia... ¡Jesús! ¿Y estos andrajos qué son?

-Mi traje de superhéroe. Déjalo y no lo toques.

-¿Superqué? Ay, Dios mío, has salido a tu padre: ¡un descerebrado!

-Mamá... puedes decirme a qué coño has venido.

-Ha lavarte la ropa. Y no digas palabrotas que pareces un criminal.

-Te recuerdo que vivo solo desde hace quince años.

-¿Y qué? ¡Tú has visto cómo tienes la casa! En la nevera había un nido de cucarachas, con eso te lo digo todo.

Intento mantener el equilibrio, pero con los granos picando a gusto y la fiebre que no para de aumentar, pienso seriamente en la posibilidad de enviar un rayo luminoso a mi bendita progenitora.

-¿Qué mascullas? ¿Ya vuelves a hablar solo?

-Pienso, mamá. La gente piensa.

-Sí, hijo, lo que tú digas. Bueno, voy a tirar a la basura estos trapos.

-¿Qué haces? ¡Ni se te ocurra!

Y saliendo de la cama cual cohete a propulsión, sigo por toda la casa a la bienaventurada madre que me parió.

En serio, si la vida de un superhéroe no es dura, que venga Dios y lo vea.