JOHNNY LOMAX: TERCERA AVENTURA
Hola. Aquí Johnny Lomax de nuevo. Son las 13.30 horas y estoy en el refugio realizando una sesión doble de pesas. ¿Motivo? Intento muscular mi apolónico cuerpo. ¿Por qué? Debo estar en forma porque en esta ocasión voy a utilizar mi descomunal fuerza bruta para acabar con el monstruo elegido. ¿Quién es? Un brujo echador de cartas, al que el resto de monstruos adora porque posee el don de adivinar el futuro contemplando en trance las chirimoyas y el luto que se forma en las uñas de los pies. ¿Dónde está? En su consulta, esperándome. He solicitado una cita, dando un nombre cualquiera. ¿Plan a seguir? Suicidarle a base de dejarle el careto como un mapamundi. ¿Superpoder a utilizar? Ya lo he dicho: la fuerza bruta. ¿Razón de tal elección? Porque sí. ¿Humedad relativa del aire? Y yo qué sé. ¿Receta del rodaballo en salsa de trufas? A paseo.
14.30 horas. Centro de la ciudad. Hace un calor que lo flipas. Ocultando mi atuendo de superhéroe bajo unas prendas de sport (polo Lacoste, pantalón vaquero Levis y zapatillas Nike), llamo desde el portal al telefonillo del hechicero en cuestión.
-Dígame.
-Hola, buenas, verá, soy el señor Cualquiera. Tengo una cita para los dos y media.
-Suba.
Subo. El monster zahorí, tambien llamado Túnicaman, se distingue del resto de los de su especie porque viste como un payaso, porque el pelo de la cabeza, rubio platino y salido desde el occipital, lo lleva recogido en una coleta, y porque gasta unas horteras gafas de pasta gruesa, dignas de la mismísima Sota de Oros en un día de borrachera.
Cabe destacar que en el mundo monstruil estos oráculos son los que informan al resto de monstruos los planes a seguir para idiotizar aún más a la audiencia televisiva. Además, por un módico precio, también les dice con quién se aparearan, los hijos churriguerescos que tendrán y, sobre todo, las montañas de dinero que ganaran si siguen al pie de la letra sus rituales paganos.
-Siéntese.
Me siento. Con miedo. No lo niego. Tanto abalorio impío alrededor no es cosa de risa. Pese a ello me armo de valor, soy un superhéroe, el adalid de los telespectadores, y la fuerza electromagnética no sólo me acompaña, sino que además anida en mí.
Túnicaman se rasca una verruga mientras baraja un fajo de cartas.
-Piense un número del uno al siete.
-El ocho.
-No, del uno al siete. Y no me lo diga.
-Ah. Entonces el tres.
El brujo frunce el ceño y al instante el rostro se le atapuerca. No entiendo. ¿Acaso he metido la pata? Las cavilaciones acaban cuando el mago se quita las gafas y me acribilla las pupilas.
-A mí no me engaña. Yo lo veo todo.
-¿Mande?
-Las cartas lo dicen bien claro, señor Cualquiera.
-¿En serio? ¿Y qué dicen?
-Dicen que su nombre no es Cualquiera.
¡Caramba! A ver si va a ser verdad que tiene poderes...
-Y además no es uno de los nuestros. Se le nota a la legua.
-Bien. Me ha descubierto. Soy Johnny Lomax. Supongo que ya habrá oído hablar de mí. Ahora, si no le importa, prepárese a recibir una somanta de hostias.
-Siento desilusionarle, pero no va a poder ser.
-¿Ah, no? ¿Y eso por qué?
-Porque le he echado un conjuro y ya está surtiendo efecto.
¡La madre que lo trajo! Cierto. Aunque parezca increíble la fuerza bruta ha desaparecido y sufro una parálisis en todo el cuerpo. Nada, ni un dedo puedo mover. Y como noto que en breve voy a desmayarme, saco las oportunas conclusiones: a) los brujos monstruiles son lo peor de lo peor, b) espero que no me queden secuelas tras el presente trance, y c) no siento las piernas. En realidad no siento las piernas, ni el abdomen, ni las puñeteras pestañas de superhéroe.
Venga, nos vemos. Dulces sueños.



Gwendoline dijo
Ja-ja-ja! Qué bueno lo del señor Cualquiera.
15 Mayo 2007 | 04:39 PM