JOHNNY LOMAX EN ACCIÓN: PRIMERA AVENTURA
Hola, qué tal. Son las 21.30 horas y estoy en una fiesta. Los monstruos ibéricos se reúnen en fiestas como las abejas se reúnen en torno al panel de miel. La diferencia es que aquí no hay miel. Hay dinero. Mucho dinero. Montañas de billetes. A los monsters les gustan dos cosas: a) la fama, y b) el dinero. También les gusta decir estupideces y resultar patéticos, pero eso es algo que ya llevan tatuado en la sangre.
Perdón, me presentaré: Johnny Lomax. Encantado. Soy un superhéroe. Quizá me conozcan por mis últimas hazañas en Praga o Hong Kong. Si no es así me limitaré a decir que vi la luz en Brooklyn y que desde hace algunos años dedico mi existencia a cazar monstruos. Sí, han leído bien: monstruos. Esas criaturas de encefalograma plano, hijos del mismísimo Tod Browning y cuyo hábitat natural es la caja tonta y esas revistas caleidoscópicas que tanto abundan en las peluquerías y consultas médicas.
Bien, a lo que iba: estoy en un party rodeado de monstruos. La fiesta es la presentación de no sé qué o la pollada de no sé cuántos. Es igual. Estos seres van porque les da la gana o porque son invitados a cambio de una sustanciosa cantidad. Luego, ya en faena, sueltan su cháchara a las cámaras, se besan de pegote y ríen a lo bestia mientras la humanidad, hechizada ante la tele, ve sus contoneos diabólicos con la baba colgando. Bueno, yo no que soy un semidiós y tras una larga carrera profesional estoy curado de espantos, pero el resto de los mortales sí. Y encima no sólo babean, sino que además les suda la ingle, tiritan espasmódicamente e incluso, muertos de miedo, miccionan en la oreja del fulano que tengan al lado. Estos efectos, me he documentado, son debidos al poder monstruil trasmitido a través del tubo catódico del televisor que, sin remedio alguno, atora por completo los sentidos del espectador.
Por tercera vez repito: estoy en una fiesta de monsters. Y con objeto de pasar desapercibido me he enfundado un traje azul marengo Massimo Dutti, corbata Zara con dibujos de Shin Chan y zapatos beige marca Adolfo Domínguez. Vamos, el atuendo, creo, más parecido al de mi entorno. Por cierto, que mi vestimenta habitual consta de una capa roja, en realidad un trozo de cortina encontrada en un vertedero; una malla elástica color verde pistacho, realmente cómoda pues se ciñe a mi escultural cuerpo como un guante; botas de suela gorda robadas a un pocero; y, finalmente, para dar un toque de originalidad al conjunto, un gorro de aviador, igualito al de Lindo Pulgoso, regalo de mi abuelo Frank el Seisdedos.
Asimismo, al carajo, mejor contarlo todo y así me lo quito de encima, apuntar que poseo chorrocientos poderes, entre los que destacan un potente rayo luminoso y una fuerza bruta capaz de partir las galletas María Fontaneda con las pestañas; que gozo de un corazón noble y de un espíritu combativo; que estudié con grandes héroes americanos como El Hombre Lapa y La Hormiga Atómica; y, lo más importante, que me hallo en perfectas facultades mentales por mucho que los informes psiquiátricos indiquen lo contrario y los malditos críos del parque que hay enfrente de mi casa, un sexto piso de un barrio de la periferia, les haya dado por llamarme retrasado y cara de mongol.
¿Seguimos? Ok. Para mi primer lance en este gran país del sur de Europa, cuna de la fregona y el chupachups, he decidido acabar con una monstrua que tuvo una hija con un torero de voz aflautada. Dicho engendro, a la que llamaremos La Ya Te Digo, actualmente está de capa caída, pero aun así un enjambre de hombres foco y mujeres micro la acribillan a la entrada del local. El asunto de su éxito radica en la antigua custodia de la zagala, una niña con la cara de perpetuo susto, y por la que luchó con uñas y dientes para que el padre no se la llevara a Al-Andalus, donde se comenta que los abuelos vivían en sarcófagos y los hermanos chupeteaban las tripas de un tal currupipi.
22.00 horas. La Ya Te Digo ha terminado de pasmar al púplico televidente y ahora habla de sus cosas con otros monstruos en una esquina del local. Me acerco con sigilo agarrado a mi gin-tonic. He de andarme con tiento pues dicen que esta mujer expectora fuego por la boca, patea como una mula y guarda en el refajo una colección de navajas, prestas para ser pinchadas a los intrusos. Mi plan, el plan que librará a los humanos de semejante feta marina, es lanzarle sin miramiento uno de mis rayos luminosos con el próposito de aturdirla para, acto seguido, secuestrarla y encerrarla en un sótano de por vida. Buen plan, sin duda. Sencillo y directo, digno de una mente lúcida. Y con tal fin me coloco a su lado poniendo cara de lelo y mostrando una media sonrisa. El corrillo de frikis, adheridos a sus gin-tonics y creyéndose estar ante uno de los suyos, enseñan sus encías y se abren un poco. La Ya Te Digo, no. Ella se hace la sueca porque debe tener en las fosas nasales un radar oculto que le avisa de la presencia de superhéroes. Sin perder el control trato de llamar su atención simulando un falso traspiés. Entonces repara en mí:
-Ande vas, caracartón.
-¿Eh?
Su verborrea cuchuflera me deja por breves instantes fuera de juego.
-¿Qué pasa, no me se entiende? Digo qué ande vas.
-Mírame a los ojos.
-Y un huevo. Anda, quita, que todavía te meto una guaya.
-Ojo, conmigo, que soy Johnny Lomax.
Y por si quedaba alguna duda me abro la camisa azul petróleo marca Springfield y muestro al auditorio mi escultural pecho con las iniciales jotaele pintadas con rotulador.
-A mí me la refanfinfla quién seas.
-¡Calla, monstrua, y preparate a recibir mi rayo luminoso!
-¡Ni rayo ni ná! Pero, ¿qué haces? ¡No me toques! ¡Toma, tontolnabo, tú te lo has buscado!
Y la criatura de las tinieblas, en una maniobra rápida, lo menos aprendida de Fantomas, me noquea con un directo al rostro. Las siguientes escenas resultan difusas, pero vienen a ser una sucesión de pateos hasta que los monstruos se aburrieron o hasta que alguien gritó que el gin-tonic se acababa y el vulgo, lleno de pánico, se apiñó en la barra. Tampoco sé cómo llegué a casa, pero ahora, a las 24.05 horas, curándome las heridas ante el espejo y tras reflexionar sobre lo acontecido, resulta evidente que: a) en mi primera aventura en el reino del gazpacho subestimé la fuerza de los monstruos hispanos, y c) duele. Miento. En realidad duele mucho. Vamos, de hecho estoy por llamar a una ambulancia. ¿Quiere esto decir que tiro la toalla? No. ¡Qué más quisieran ellos! Simplemente se ha perdido una batalla, pero no la guerra.
Volveré. Ay.




Smoking dijo
Ja,ja,ja! Me apunto a tus historias.
30 Abril 2007 | 07:34 PM